lunes, 10 de noviembre de 2025

 

Breve análisis de la obra “El Extranjero” de Albert Camus



Según el diccionario Zamora de Literatura Universal, “El Extranjero” de Albert Camus fue publicada en 1942. En esta novela Camus presenta el mito del absurdo (contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido), que en otras obras ya había expuesto. Para adquirir este concepto se vio influido por los elementos terrestres del escritor francés André Gide, se consideran la fruición (Goce muy vivo en el bien que alguien posee) vital, el goce de la vida, la conciencia plena y total del placer, esto deriva de una filosofía vitalista y sensualista, por un lado, y, por otro, agnóstica (incrédulo, descreído) y negadora de todo “más allá”. El fenómeno vital s lo que cuenta, al igual que sus consecuencias: la felicidad; pero el vitalismo tiene un resquebrajamiento: el absurdo, la imposibilidad de traspasar los límites; es decir de buscar una solución en el orden trascendente; esto engendrará la angustia existencial.

Esta novela está dividida en dos partes, con un único protagonista llamado Meursault, el cual nos cuenta su vida.

En el primer acontecimiento, nos cuenta la muerte de su anciana madre en un asilo. Por esto, él no ha sentido tristeza ni alegría; simplemente se ha sentido indiferente. Se siente como un extraño en la vida, vive al margen de ella y se deja influir por ella:

“Hoy mamá ha muerto. O tal vez ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre fallecida. Entierro mañana. Sentido pésame». Nadie quiere decir. Tal vez fue ayer”.

Todas sus actividades cotidianas toman esta naturaleza, incluso el mismo amor por su amante María que no va más allá del goce sexual:

“Tenía puesta una de mis pijamas, cuyas mangas había recogido. Cuando rió tuve nuevamente deseos de ella. Un momento después me preguntó si la amaba. Le contesté que no tenía importancia, pero me parecía que no. Pareció triste”, es el clásico antihéroe, pusilánime (falta de ánimo y valor para tomar decisiones o afrontar situaciones comprometidas) y rutinario (acostumbrado); solo atiende a los instintos primarios.

Este hombre de gran indiferencia, se ve involucrado en un crimen que cometió en favor de un amigo, cuyos problemas amorosos tampoco le interesan y sin más razón que un impulso irresponsable:

“El mar cargó un soplo espeso y ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y ensordecedor, todo comenzó.

Sacudí el sudor y el sol; comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de una playa  en la que había sido feliz. Entonces tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se hundían sin que se notara, y era como cuatro breves golpes que daba en la puerta de la desgracia”.

 

En la segunda parte, se describe la vida en la cárcel, asiste a un proceso sin ninguna responsabilidad, como un extraño, no acepta al sacerdote pero se entera, en cambio de la diferencia entre las dos vidas. En la primera era feliz, a pesar de lo triste y aburrida. Pues era suya y la manejaba a su gusto, el contraste con la muerte le permite valorarla, y qué decir de la libertad, el sólo recuerdo lo hacía feliz:

“así cuando más reflexionaba, más cosas desconocidas u olvidadas extraía de la memoria; comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido más que un solo día podría vivir fácilmente cien años en la cárcel; tendría bastantes recuerdos para no aburrirse”. La presencia del cura lo indujo a estos pensamientos. Ahora, la presencia del juez, contrapone al hombre de fe y moral al que carece de él: “Al final solo recuerdo que desde la calle y a través de las salas y de los estrados, mientras el abogado seguía hablando, oí sonar la corneta de un vendedor de helados. Fui asaltado por los recuerdos de una  vida que ya no me pertenecía, pero en la que  había encontrado las más pobres y las más firmes de mis alegrías: los olores del verano, el barrio que amaba, un cierto cielo de la tarde, la risa y los vestidos de María; en suma, nada podía ser más claro. Era siempre yo quien moriría, ahora o dentro de veinte años”. En los momentos anteriores a la ejecución, el sacerdote le pregunta si ha deseado otra vida, y responde: “¡Una vida en la que pudiera recordar ésta!” y cuando insistió en el tema religioso le replicó: “Quería aún hablarme de Dios, pero me adelanté hacia él y traté de explicarle por última vez que me quedaba poco tiempo.

No quería perderlo con Dios, ya incontinente ante la muerte, seguía pensando en la alegría de los olores de la tierra; las noches de verano”… “en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía; para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”.

Pretendió Camus con esta obra crear el símbolo del hombre y la sociedad francesa.

sábado, 11 de enero de 2025

EL SIGLO XVI DIO GRANDES ESCRITORES NATIVOS DE SANTO DOMINGO.


 

Según Pedro Henríquez Ureña, en el siglo XVI surgieron grandes escritores nativos, como Juan de Castellanos, el cual explicó que las dificultades que provocaron la rebelión del cacique Enriquillo (1519-1533), fue “la vida regalada”.

El médico Méndez Nieto mencionado por Don Pedro, cuenta que para la época Bejarano había escrito una sátira anónima contra la Real Audiencia de Santo Domingo, la cual había apresado a todos los poetas para investigación, sin lograr descubrir “quién la habría escrito”.

Juan de Castellanos, quien describe la vida literaria-social de Santo Domingo en 1570:

   “Porque todos los demás, allí nacidos,  

para grandes negocios son bastantes,

entendimientos han esclarecidos,

escogidísimos estudiantes,

en lenguas, en primores, en vestidos,

no menos curiosos que elegantes;

hay tan buenos poetas, que su sobra

pudiera dar valor a nuestra obra.

   Hay Diego de Guzmán y Joan su primo,

y el ínclito Canónigo Liendo,

que pueden bien limar esto que limo

y estarse de mis versos sonriendo;

quisiera yo tenerlos por arrimo

en esto que trabajo componiendo,

y un Arce de Quirós me fuera guía

para salir mejor con mi porfía.

     Otros conocí yo también vecinos,

nacidos en el obre castellano,

que en la dificultad de mis caminos

pudieran alentarme con su mano;

y son por cierto de memorias dinos,

Vilasirga y el doto Bejarano;

no guiara tampoco mal mi paso

el desdichado Don Lorenzo Laso”.

 

  

Aunque el ambiente estaba saturado de escritores y poetas nativos. No obstante, no existían imprentas para plasmar sus escritos y obras. Por lo que no se conserva nada de los escritores mencionados por Juan de Castellanos  en su obra, ellos son: Liendo, Arce Quirós, Juan, Diego de Guzmán 

Según se cree, el canónigo Francisco de Liendo (1527-1584), fue tal vez el primer sacerdote nativo de Santo Domingo. Fue su padre el arquitecto Rodrigo de Liendo nativo de las Tierras Altas de Escocia, quien construyó la iglesia de la Merced y se le atribuye la fachada de la Catedral Primada de América. Sobre Arce de Quirós, Diego de Guzmán y Juan Guzmán, no se conoce nada importante. Tenemos un predicador también, el cual alcanzó fama en Perú, nombrado Fray Alonso Pacheco, primer nativo que fue provincial de una orden religiosa y se llegó a proponer como obispo.

Entre otros, como el P. Diego Ramírez, padre mercedario a quien se le hizo un proceso judicial o inquisicional; la poeta y señora Doña Elvira de Mendoza, Leonor de Ovando, profesa en el Monasterio de Regina de la Española;  Francisco Tostado de la Peña, abogado y catedrático en la Universidad de Santiago de la Paz; La monja Regina.  

Se dice que Doña Elvira y Leonor son las primeras poetizas del Nuevo Mundo. De la primera no conocemos nada. De Leonor conocemos cinco sonetos y los versos blancos:

El Niño Dios, la Virgen y Parida,

el parto virginal, el Padre Eterno,

el portalico pobre, y el inverno

con que tiembla el autor de nuestra vida…

 

La monja Regina nos sorprende con sus versos místicos:

 

    Y sé que por mí sola padeciera

y a mi sola me hubiera redimido

si sola en este mundo me criara…

 

No se pueden quedar sin mencionar a Fray Alonso de Espinosa, Gil González Dávila, en teatro eclesiástico; Cristóbal de Llerena, en obras dramáticas.  El primero, escribió una exposición en verso español sobre el Salmo 41. El tercero, fue canónigo y catedrático universitario. Además, escribía obras dramáticas para las representaciones eclesiásticas. De sus obras solo se conoce el entremés de Llerena.