Breve análisis de la obra “El Extranjero” de Albert Camus
Según el diccionario Zamora de
Literatura Universal, “El Extranjero”
de Albert Camus fue publicada en 1942. En esta novela Camus presenta el mito
del absurdo (contrario y opuesto a la razón, que no tiene sentido), que en
otras obras ya había expuesto. Para adquirir este concepto se vio influido por
los elementos terrestres del escritor francés André Gide, se consideran la
fruición (Goce muy vivo en el bien que alguien posee) vital, el goce de la
vida, la conciencia plena y total del placer, esto deriva de una filosofía
vitalista y sensualista, por un lado, y, por otro, agnóstica (incrédulo,
descreído) y negadora de todo “más allá”. El fenómeno vital s lo que cuenta, al
igual que sus consecuencias: la felicidad; pero el vitalismo tiene un
resquebrajamiento: el absurdo, la imposibilidad de traspasar los límites; es
decir de buscar una solución en el orden trascendente; esto engendrará la
angustia existencial.
Esta novela está dividida en dos
partes, con un único protagonista llamado Meursault, el cual nos cuenta su
vida.
En el primer acontecimiento, nos cuenta la muerte de su anciana madre
en un asilo. Por esto, él no ha sentido tristeza ni alegría; simplemente se ha
sentido indiferente. Se siente como un extraño en la vida, vive al margen de ella
y se deja influir por ella:
“Hoy mamá ha muerto. O tal vez
ayer, no sé. He recibido un telegrama del asilo: «Madre fallecida. Entierro
mañana. Sentido pésame». Nadie quiere decir. Tal vez fue ayer”.
Todas sus actividades cotidianas toman esta naturaleza, incluso el
mismo amor por su amante María que no va más allá del goce sexual:
“Tenía puesta una de mis pijamas, cuyas mangas había recogido. Cuando
rió tuve nuevamente deseos de ella. Un momento después me preguntó si la amaba.
Le contesté que no tenía importancia, pero me parecía que no. Pareció triste”,
es el clásico antihéroe, pusilánime (falta de ánimo y valor para tomar
decisiones o afrontar situaciones comprometidas) y rutinario (acostumbrado);
solo atiende a los instintos primarios.
Este hombre de gran
indiferencia, se ve involucrado en un crimen que cometió en favor de un amigo,
cuyos problemas amorosos tampoco le interesan y sin más razón que un impulso irresponsable:
“El mar cargó un soplo espeso y
ardiente. Me pareció que el cielo se abría en toda su extensión para dejar que
lloviera fuego. Todo mi ser se distendió y crispé la mano sobre el revólver. El
gatillo cedió, toqué el vientre pulido de la culata y allí, con el ruido seco y
ensordecedor, todo comenzó.
Sacudí el sudor y el sol;
comprendí que había destruido el equilibrio del día, el silencio excepcional de
una playa en la que había sido feliz.
Entonces tiré aún cuatro veces sobre un cuerpo inerte en el que las balas se
hundían sin que se notara, y era como cuatro breves golpes que daba en la
puerta de la desgracia”.
En la segunda parte, se describe la vida en la cárcel, asiste a un
proceso sin ninguna responsabilidad, como un extraño, no acepta al sacerdote pero
se entera, en cambio de la diferencia entre las dos vidas. En la primera era
feliz, a pesar de lo triste y aburrida. Pues era suya y la manejaba a su gusto,
el contraste con la muerte le permite valorarla, y qué decir de la libertad, el
sólo recuerdo lo hacía feliz:
“así cuando más reflexionaba, más cosas desconocidas u olvidadas
extraía de la memoria; comprendí entonces que un hombre que no hubiera vivido
más que un solo día podría vivir fácilmente cien años en la cárcel; tendría
bastantes recuerdos para no aburrirse”. La presencia del cura lo indujo a estos
pensamientos. Ahora, la presencia del juez, contrapone al hombre de fe y moral
al que carece de él: “Al final solo recuerdo que desde la calle y a través de
las salas y de los estrados, mientras el abogado seguía hablando, oí sonar la
corneta de un vendedor de helados. Fui asaltado por los recuerdos de una vida que ya no me pertenecía, pero en la
que había encontrado las más pobres y
las más firmes de mis alegrías: los olores del verano, el barrio que amaba, un
cierto cielo de la tarde, la risa y los vestidos de María; en suma, nada podía
ser más claro. Era siempre yo quien moriría, ahora o dentro de veinte años”. En
los momentos anteriores a la ejecución, el sacerdote le pregunta si ha deseado
otra vida, y responde: “¡Una vida en la que pudiera recordar ésta!” y cuando
insistió en el tema religioso le replicó: “Quería aún hablarme de Dios, pero me
adelanté hacia él y traté de explicarle por última vez que me quedaba poco
tiempo.
No quería perderlo con Dios, ya incontinente ante la muerte, seguía
pensando en la alegría de los olores de la tierra; las noches de verano”… “en
fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía; para que todo sea
consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi
ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio”.
Pretendió Camus con esta obra crear el símbolo del hombre y la sociedad
francesa.


